Wednesday, June 23, 2010

Sobre los chistes

La risa frente a los chistes normalmente se da porque cumplen con el requisito de que el personaje no está ad hoc con la situación y porque dan al que ríe una sensación de superioridad, o también porque permiten resaltar la falta cometida y se puede amonestar públicamente.

Ya por esto es obvio que todos nos sabemos de borrachos: son muchos, hemos estado así, nos podemos sentir identificados, o ver a otros, sentir superiores y amonestar estupideces. Por eso también todo hombre se sabe de mujeres. Y viceversa. Es bueno burlarse. Sí. Y mucho. Los chistes duelen tanto, o las burlas, porque para que eso sea así es necesario darle al mero nervio, al corazón, al talón del problema y no sólo eso, además hace falta hacerlo bien, con finura y salir bien parados. Por eso hay tantos chistes.

Por ejemplo, los hay muchos de abogados, porque en general a todos nos han fregado los abogados, nos han jugado chueco, así que hay que contarlos, deben ser ridiculizados por el humor público. Es la venganza del secreto a voces. Nadie le cuenta un chiste a su abogado frente a él, puede que “misteriosamente” todo salga más caro, más lento y mal o peor. Por eso en el mundial sólo hay chistes contra los malos jugadores, no queremos apedrear a todos, hay que darles ánimos, los chistes son contra los enemigos. Ahí sí.

Pensaba todo esto cuando iba a la peluquería. Y me puse a intentar recordar chistes de peluqueros y sólo recordé uno:

Un tipo llega a una peluquería y le dice al peluquero: “Quiero que en el centro me dejes un mohawk medio mal hecho y que cruce hasta atrás del lado derecho, por el lado izquierdo quiero capas y despuntado con partes mucho más cortas, como si tuvieras artritis. Por el lado derecho y por atrás quiero que me cambies el color de pelo pero que lo dejes como si de repente me quisiera hacer chinos permanentes con el nombre de tu mamá”. A lo que responde el peluquero: “No pues… Está cabrón, no puedo hacerlo”. “¿Ah no, cabrón? ¿Entonces cómo chingados le hiciste la vez pasada?”

Se lo conté al peluquero y él se rió poco, como si no tuviera compromiso (no como los meseros que se ríen de todo por propina). Cuando desperté, media hora después, tenía un desmadre en la cabeza. Pedí una disculpa y me fui a casa. Me rapé.

Ahora entiendo porque hay tan pocos chistes de peluqueros y por qué nadie los cuenta. Ni tampoco de meseros.

Thursday, June 17, 2010

Iniciativa Roedora

(Nota: No me gustó cómo quedó, aunque por el momento no sé qué hacer. Así que acepto sugerencias)

El presidente mexicano despertó tras un sueño profético, sudaba frío y corrió al baño para enjugarse el rostro y se vio al espejo con cara de incredulidad, volvió a lavarse  y la sorpresa era abismalmente mayor, las cejas casi tocaban su calvicie que, según él, ahora, se acabaría por fin. Ya no tendría problemas y su imagen sería la mejor de entre todos los presidentes y héroes de la patria. Porque él daría el paso decisivo. Pondría el cielo en la tierra. Erradicaría la pobreza de una vez por todas.
Otra vez ya se había levantado con la solución pero la descartó rápidamente. Decidió que mataría a los pobres y vendería la carne a los puestos de la calle, así terminaría con los pobres, los hambrientos y la contaminación. Aunque decidió que no porque el voto de los pobres era el más valioso. Carajo, parecía tan perfecto mi plan, pensó. Además, sería antidemocrático, habría que comerse también a los ricos. Sí, pero los ricos financiaban las campañas. Ni modo.

A las 7 de la mañana convocó a su gabinete, tendrían que anunciarlo tan pronto como fuera posible y empezar con la publicidad, buscar los fondos, consultar a los expertos (que apoyaran lo que dijera), conseguir otro peluquín y, ah, armar un discurso para la televisión nacional.

Todos se reunieron con puntualidad mexicana a las 830 de la mañana listos para escuchar atentamente al presidente en una habitación con los cuadros de los mexicanos más ilustres que habían gobernado sin dar tregua al sueño para mejorar el país. El cuarto estaba bien decorado, con muchos libros para dar el gatazo, muebles de caoba recubiertos de piel pintada de rojo (podría ser piel de perro, pero ah qué bien se veía), un mesa ovalada y grande que daba la imagen de seriedad digna para la ocasión y una mesita con varias copas de vino y otras de whisky, pues era muy difícil no celebrar las decisiones ahí tomadas.

Llegó el último y tomó asiento, todos se sentaban en el mismo lugar de siempre, el secretario de gobernación a la derecha, el de desarrollo social a la izquierda y, bueno, los demás donde siempre. El presidente entró en el cuarto con aires de grandeza, algo así como Iturbide cuando entró a México sabiendo que había acabado una gran lucha. La sonrisa no le cabía en la cara, no sólo porque era muy feo y desproporcionado, sino porque había encontrado el hilo negro para acabar con los problemas de la país y, quién sabe, tal vez, también con los del mundo. Creyó que su idea era tan buena que se imaginaba en universidades y palacios de todo el mundo recibiendo felicitaciones, aplausos, honoris causa, aclamaciones, timbres postales, y demás; veía estatuas suyas por todo el mundo, junto a la torre Eiffel, en la basílica de Guadalupe, en donde iban las torres gemelas, calles con su nombre en el centro de Berlín, de todos los países africanos (que serían de los más beneficiados), y hasta varias películas en Hollywood. 
 
Colegas, dijo, ya encontré el hilo negro. Señor, ¿habla de su bata? preguntó el secretario de educación. Eso ya no importa, te digo que los detalles no importan ya, no cuando tienes cómo –ay nomás- acabar con la pobreza. La mesa retumbó por todas las quijadas que le cayeron, los ojos se abrieron y en su pupila vieron al superhéroe que esperaban desde hacía tantos años. Hubo cierto secretario que hasta lo consideró sexy. Uh. ¿Cómo le hará? ¿Venderemos drogas al mundo?, preguntó uno que había tirado su café desde el otro lado de la mesa cuando brincó de alegría. No, no haremos eso. ¿Haremos la piratería legal? dijo el de Hacienda, eso nos quitaría tantos problemas. No, tampoco, no lo ven aún. Pues no, señor presidente, díganos ya que nos trae con el Jesús en la boca. Es que… No se la van a creer. Ni tantito. Se limpió la frente, con la mano sin quitar la sonrisa, sorbió un poco de jugo de naranja. Me ha venido en un sueño la respuesta, neta me siento como José el soñador o como Cantinflas. No me decido todavía. ¿Creará más empleos? preguntó otro secretario que sudaba de emoción ¿Venderá la mitad del país?, se oyó del otro lado de la mesa. Si lo vende a los gringos seguro nos lo dejan más bonito y luego lo reconquistamos como Texas y Nuevo México. No, seguramente acabará con los sindicatos que nos traen de los huevos, abrirá más escuelas con profesores capacitados para formar personas íntegras y orgullosamente mexicanos, ideales para forjar el México del mañana. No, dijo el presidente, éste de Educación, no entiende que los detalles no importan. Bueno, dijo el de Economía, ya díganos, que seguro yo tengo que ver.

El presidente por fin se sentó, había salido de su fantasía de ver a Paul McCartney componiéndole una canción y al mismo Bob Marley cantándole con Juan XXIII alguna oda en cuanto llegue al cielo. Sorbió un poco más de jugo y le entró al primer bocado de sus chilaquiles verdes con huevo estrellado. Verán, el problema de la pobreza es el dinero. ¡Bravo, señor Presidente! gritaron todos. ¡Pero claro! pensó el de Economía. Está mal distribuido, somos un país tercermundista y al hombre más rico del mundo, claramente hay algo mal. ¡Salve! Un secretario le habló a su esposa embarazada para decirle que su hijo se llamaría como el presidente y no como su padre, la esposa no estaba de acuerdo así que le contó los comentarios del presidente y ella no hizo más que apuntarlo al final de la Biblia, como una verdad imperecedera.  

La expectativa ya no podía seguir sin otro paro cardiaco, el secretario de Marina ya iba rumbo al hospital, así que el presidente planteó su solución tras una breve introducción: El problema con el dinero, dijo en un tono de quien encuentra la cura del cáncer, es que no se hace sólo, no nos lo da la madre naturaleza y no sirve para comer. Todos se voltearon a ver sintiéndose los doce de Cristo o algo así. Uno hasta lloró de alegría. En eso uno dijo que sí servía para comer, y el presidente asintió e inmediatamente dijo cuando se tiene hambre y dinero pero no comida, el dinero no quita el hambre. Todos volvieron a su paz. Sí, señor presidente, tiene usted razón, pero qué haremos sobre su distribución y todas esas nimiedades. Nosotros, dijo con una mano en el pecho mientras se imaginaba siendo pintado para ser una obra permanente del Louvre, no haremos nada, es lo mejor de todo, el dinero lo hará sólo. ¿Cómo? Díganos ya, se lo ruego, le dijo el de Hacienda que estaba postrado a sus pies.
Bueno, la solución no está relacionada a todas esos detallitos de Economía y Derecho y esas cosas. El problema es la moneda. ¿Qué el dinero no fue el oro o el cacao por mucho tiempo? Sí, señor. ¿Por qué este papel que a cada rato hay que cambiar porque lo falsifican vale como dinero? Porque así lo decidimos, ¿no? Es una convención, como decidir que el fruit cake  es un regalo digno de Navidad y no una mentada de madre. La habilidad poética del presidente hizo que varios lloraran de emoción y que otro se desmayara. Bueno, aquí está la solución. Es algo que se hace sólo, rápido y se puede comer… Ah, y por si fuera poco, puede dar buena suerte: conejos.

Cuando el presidente lo dijo, cayó muerto de la emoción.


Se puso un presidente interino que, sin pensarlo dos veces, hizo arreglos en los Pinos, un discurso de cuánto apreciaba a su respetable antecesor y retomó la iniciativa roedora.
Los cambios en el país no tardaron en notarse en todos los ámbitos. La gente del campo fue, por primera vez en la historia mundial, rica; sí tenían conejos y ello atrajo a muchos inversionistas. Slim se asoció con millares de personas por todo el país. Las tiendas de mascotas ya no vendían más conejos, ahí estaba el dinero. Yucatán ya no se quería independizar, no veía ni cómo hacerle, y Chiapas lo quería más que nunca. El gobierno dio un par de meses para que la moneda fuera reemplazada. Muchos bancos se alegraron cuando vieron que no tendrían que verificar la autenticidad de la nueva moneda nacional, habían de acercarle una zanahoria para comprobarlo. Lo que verdaderamente preocupó al banco eran las bodegas; no se podía tener a los pobres encerrados en un cuarto así (lo descubrieron tras el lamentable fallecimiento de una familia de tatarabuelos a tataranietos en la colonia Centro). No se sabe qué hicieron con los cajeros automáticos. Todos eran felices, ya no había que cargar con carteras. Aunque esto era un problema para los borrachitos de cantina pues si se les complicaba encontrar una billetera ni quiero contar cómo le hacían para encontrar de nuevo a sus conejos cuando iban a pagar a las 2 de la mañana. También era un problema para las cajeras del súper, se reportaron varios casos de gente que quería seguir metiéndolos en las registradoras. El banco de México era ahora un jardín, los Viveros de Coyoacán eran otra reserva de dinero. Las áreas verdes de los condominios se volvieron pequeñas minas de dinero: se alimentaba a los conejos y solitos se hacían; sobra decir que ya no había pobres gracias a la Iniciativa Roedora. Hasta los mexicanos de otras partes regresaron a su tierra y la economía gringa se desplomó. Al que le iba mal sólo le hacía falta conseguirse un conejo muerto, cortarle las patas y usarlas en el cuello para que su suerte cambiara.

Parecía que Roma sí se pudo construir en un día.

Todo marchó bien durante unos meses, México tenía el mayor bienestar del mundo, ya no eran primermundistas, lo que seguía. La inflación no fue un problema pues todos tenían dinero suficiente. Economistas del extranjero analizaban el fenómeno con gran curiosidad. El sol brillaba para México. Cerca del sexto mes o algo así, la vida era otra. 

Para finales del séptimo mes, el ingenio mexicano parecía no tener fronteras. Literalmente. Los conejos eran tantos que empezaron a propagarse por todo el territorio nacional e invadir Estados Unidos, Guatemala, Belice. Chiapas ya no existía, ninguna selva o cerro oaxaqueño se había librado de la plaga. Era algo así como una película de zombies que devoraban a toda la población. Torre Mayor y la Latinoamericana desbordaban conejos por las ventanas; Chapultepec fue devorado en cuestión de días y el zoológico también. Hasta los grupos ecologistas se vieron en grandes dilemas cuando vieron a tantos conejos, ya no sabían a qué darle prioridad, si a la vida humana o a la fauna (no sé si antes lo supieron).  Las patas de conejos muertos, usadas para la buena suerte, dejaron de servir. Debido a tantos cadáveres comenzó una gran epidemia  por todo el país que acabó con cada mexicano y, si no, los conejos desarrollaron un apetito carnívoro que seguramente dejaba a cualquiera en la tumba. Desde el espacio, el país se veía blanco en su mayoría, los conejos habían invadido todo el territorio y no hubo forma de tirarlos al mar; en las ciudades todos los conejos se encontraban apilados encima de sí, las cajas parecían llenas de algodón defecante y ojos tiernos que controlaban todo el paisaje. Estados Unidos, Guatemala y Belice pusieron paredes en sus fronteras, paredes de verdad y los francotiradores no se daban abasto para acabar con ellos. Se tiró la segunda bomba atómica que dejó las ruinas de Templo Mayor como un piropo a la Historia. Ya no hubo huella de civilización, sólo de roedores y, claro, conejos.

El día 21 de diciembre de 2012 la ONU declaró el fallecimiento de México. Los expertos dijeron que, efectivamente, los mayas tenían razón. El fin del mundo –mexicano- llegó ese día.